domingo, 26 de mayo de 2019

Las mujeres invisibles

En la historia del arte las mujeres siempre han estado presentes pero los libros de historia lo contradicen. Me preocupa que el patrón se repita, cosa que es factible.
Empecemos por las letras. En la Real Academia de la Lengua sólo hay ocho mujeres de un total de 46 sillones. Ocho. En un país de casi 47 millones de habitantes, hay 22 millones de hombres y 23 de mujeres. ¿De verdad no hay candidatas a la RAE con el nivel suficiente de inteligencia para ocupar algunos de esos sillones? Lo dudo.
Premio Cervantes: constituido en 1976, sólo cuatro mujeres premiadas desde entonces ¿No hay talento femenino en el mundo apto para gozar de tal galardón? Lo dudo. Lo peor: el premio lo dan cuando son tan mayores que tienen que acudir en silla de ruedas como le ocurrió a nuestra amada Ana María Matute. Este país es lo peor: sólo glorifica a los muertos y a los que están a punto de palmarla.
Un libro titulado ¿Cómo acabar con la escritura de las mujeres? de Joanna Russ acaba de ser publicado en nuestro país. El libro cuenta con 35 años pero permanece de plena vigencia. La crítica, eminentemente masculina, se ha encargado durante siglos de menospreciar a las autoras. Lo sigue haciendo.
Primero no las publicaban y ellas debían usar seudónimos. Las que se atrevían y eran aceptadas como tales no hacían “auténtica literatura”, según ellos. Los libros de memorias o la autoficción era respetada en ellos y denostada en ellas.
Si escribían una obra maestra y triunfaban de forma aplastante, como Mary Shelley con Frankestein o Lee Harper con Matar a un ruiseñor entonces las criticaban porque sólo han publicado un libro. ¿Cómo se atrevían? ¿Quizá la flauta había sonado por casualidad?. Como si fuera tan fácil subir al Everest.
En conclusión de Russ: los masculino era lo normativo y lo femenino lo anormal. Por eso algunos no tenían empacho en proclamar que las mujeres escritoras padecían histeria. Es decir, que las pobres andaban un poco tocadas por un útero juerguista y en algo tenían que calmar sus ansiedades.
La mujer en el arte siempre tiene que ser musa, bella y correcta. De lo contrario ¿Qué ocurre? Acaba en un psiquiátrico, como le sucedió a Camille Claudel. Dejó de ser musa porque su escultura era maravillosa: la abandonó Rodin y perdió la cabeza.
En la ficción ocurre mayoritariamente algo así ¿ejemplo? Anna Karenina: mujer de buena clase, bien casada --y encima madre-- se le ocurre tener un affaire con un apuesto militar. ¿Cómo acaba nuestra protagonista? Abandonada por todos, incluido el pusilánime galán, y arrollada por las ruedas de un tren.
En la realidad actual las mujeres adúlteras todavía hoy salen peor paradas que los hombres. Y eso en las sociedades civilizadas. En otros ámbitos pueden morir lapidadas.
Es preciso terminar para siempre con estos modelos que nos perjudican a todos. Que existan académicas, directoras de orquesta y premiadas para que cuando en el 2125 un niño estudie la historia universal se las encuentre en las páginas de un libro.
Mucho me temo que, de seguir así, lo que pasará a la posteridad será el pandero de Nicki Minaj. Oiga, nosotras sabemos hacer otras cosas muy bien, aparte de mover el culo, que también lo podemos hacer estupendamente. Incluso la misma Nicki Minaj tiene su vena creativa, seguro.
Dejemos de silenciar el talento femenino. Acabemos con los corporativismos masculinos que hacen daño en todos los ámbitos pero mucho más en el mundo del arte porque el arte es la vida, es lo que nos alimenta el alma a hombres y mujeres.

lunes, 19 de marzo de 2018

Gritarte es un placer




El cuerpo exclama lo que lleva por dentro. Suspiros, risas nerviosas y ese grito. La explosión que se sucede durante y tras las fases de excitación y meseta. Esa explosión se denomina orgasmo, como probablemente sepan. Si en el transcurso de tan delicioso viaje se pierden, recuerden las siglas de Masters and Johnson: EMOR, o sea, Excitación, Meseta, Orgasmo y Resolución. Es como la palabra AMOR pero con “E”.

 En la mayoría de ocasiones el aparato fonador ni se lo espera. Tú tampoco. Y cientos de rimas, cuentos y leyendas giran alrededor de ese instante, de ese calambre. Y uno se libera. Quizá no haya nada más auténtico y real que el grito surgido de las entrañas cuando llegamos al clímax. Aunque también hay soberbios fingidores. ¿Por qué gritamos al hacer el amor? 

Y me refiero a nosotras porque lo de ellos es casi un gruñido, la onda sonora del esfuerzo, el romper de la ola, un placer rizado que vibra en la boca. El volcán liberado tras la insoportable excitación. La dulce rendición y la segregación inmediata de prolactina, esa hormona que acompaña a nuestros dulces hombres en el periodo de resolución y los pone a roncar inmediatamente después. Cuando el sexo es apasionado, intenso, lujurioso nos gusta más. A más deseo, más jadeos. Este binomio no falla y si la pareja te acompaña se sumará a tu canto erótico. 

Efectivamente, determinadas mujeres gritan y jadean para excitar al compañero. Es algo totalmente involuntario pero seguro que recuerdan algún momento glorioso con esa banda sonora de “Y yo más”. De esos duetos nadie da cuenta: existen en nuestra memoria, con suerte en nuestro presente y en el pabellón auditivo de alguien ajeno a tal festín (también casi siempre de un modo involuntario) También las hay menos románticas
que —conocedoras del subidón que provocan sus gemidos—se ajetrean y exclaman hasta con cierto escándalo para que ellos acaben de una puñetera vez. Ojo, también puede ser no premeditado, al menos conscientemente. 

Porque en la vida hay de todo: días de amor inmenso y días a las que una no le apetece picar más piedra. Porque hacer el amor con alguien que no te pone es exactamente eso. Un esfuerzo que te quieres quitar de encima cuanto antes. A veces, incluso de manera subconsciente “cómo voy a tratar yo mal a mi bizcochito, de eso ni hablar”. Pero lo tratas. Porque te aburre. Así que, cuatro alaridos, cariño, y estarás roncando en 3, 2, 1 ¡Ya! 

¿Pero por qué en verdad gritamos las mujeres? Por genética. Un residuo de cuando éramos, digamos, menos evolucionados. Las noches de copulación eran exactamente eso, noches enteras dedicadas al noble arte de la inseminación fértil. El grito de la hembra era un llamado a los otros machos de la manada para que acudieran a inseminarla.

Las mujeres de la prehistoria mantenían relaciones con cinco o más amantes en la misma noche. Así ha sido el 95% del tiempo de vida de la mujer sobre la faz de la tierra ¿Todo les cuadra ahora verdad, amigas? A nosotras nos cuesta arrancar, pero luego no podemos parar. O nos fastidia.Y a ahí los tienes a ellos, en otra galaxia a los cinco minutos de eyacular. La madre naturaleza llama a la reproducción de la especie y en nuestro ADN eso es imborrable por eso ellos duermen tras la cópula y la mayoría de nosotras se desvela. Por eso algunos son silenciosos y la mayoría de nosotras, cuando nos sentimos en libertad, gritamos. Así complacemos a nuestro macho, sí, pero también llamamos a todos los demás.